El asfalto nos deshumaniza
Ayer tuve la oportunidad de hacer algo que llevaba mucho tiempo queriendo, volver a donde crecí, donde pasé largas horas, largos días, donde me quemé, donde aprendí a nadar, donde aprendí a ensuciarme, a hacer fuego, incluso donde conduje un coche por primera vez. Ayer puede ir al campo, al rio. Hacia tantos años que no me sumergía en aguas no cloradas que la experiencia resulto catártica. Un nuevo bautismo que me puso en comunicación directa con mi yo interior o quizá con mi yo juvenil, aquel que creció entre ríos de montaña helados y cristalinos; en playas de interior con más tierra que arena; sobre verdín y rocas resbalosas; con arañas flotadoras y pececillos esquivos; heredando sandalias de goma; siendo niño.
Estamos tan sumergidos en muestras duchas calientes y toallas de rizo que hemos creado cierta alergia a la naturaleza, a secarnos al sol, a ensuciarnos las manos. Hasta el mejor corredor de fin de semana, de eso que son capaces de hacer cien kilometros con sus barritas energéticas a cuestas se comporta como un torpe alienígena cuando lo pones a caminar entre tierra y barro sin más razón que la de pasear, sin tener que mirar su pulsómetro, como si mancharse la ropa fuera algo de otro tiempo y no estuviera dentro de los cánones estéticos y éticos de la actualidad selfídica. Hemos renunciado a nuestra propia naturaleza por adecentarnos, por salir guapos. Como si lo natural no fuera la verdadera belleza.
Las redes sociales están llenas de paisajes idílicos que se llevan nuestros likes, pero que no pisaríamos a no ser que nos encañonaras con una 9mm. Una agorafobia de flash que evita untarse las manos si la recompensa no queda retratada con un buen encuadre.
Nos hemos vuelto tan asépticos que comer con las manos es la gran aventura que nos puede suceder en nuestro día a día. Más allá de eso, no hay forma de que nos manchemos con nada. Recuerdo todavía las duchas que nos daba mi madre cuando volvíamos a casa el domingo por la noche. Tras un día completo al sol no había forma de evitar que el coche hubiera que aspirarlo y que a mi hermana y a mi nos sacaba arena de la cabeza y del culo (porque la naturaleza es así de curiosa, le gusta inspeccionar todo). No había donde esconderse de la suciedad natural. Arraigaba entre nosotros como la vida misma. Se abría paso por donde nuestros planes de asfalto no terminan de imponerse.
Ayer repté, buceé, salté, escalé, me unté, me herí, me clavé, me tosté, mé mojé y me sequé. Me sacudí como un perro mojado y me tumbé sobre grandes rocas. Vi pozas cristalinas y cascadas ruidosas que calmaban el espíritu. Escuché ruidos silenciosos. Vi bichos de los que hubiera huido en mi casa, me senté en el medio de la nada y desperté rodeado de todo. Y todo ello sin cámaras que pudieran distraerme y sin teléfonos que pudieran mojarse. Un auténtico viaje a mi pasado, al pasado de todos.
Lo mejor de todo es que le pude responder a mi hija sus preguntas más recurrentes. «¿Cómo era cuando tú eras pequeño? ¿Cómo te divertías? ¿A que jugabas? ¿Cómo eran tus vacaciones?»
La respuesta de todas fue la misma: Así.