El fin de una era

Hay figuras que bien ameritan que uno se despierte temprano para darle a la tecla. No tengo camiseta de ningún equipo de futbol, nunca he conocido la alineación de la selección, no recuerdo haber hecho cola para entrar a ningún concierto y lo más cerca que he estado de pedir un autógrafo fueron cinco minutos de espera tras una conferencia de Quino. A los cinco minutos, y tras haber cargado con el mamotreto que supone el Todo Mafalda, decidí irme de pinchos. Al fin y al cabo, su arte estaba ya impreso y su firma también. 

No tengo ídolos mediáticos, aunque admiro a un puñado de conocidos, todos ellos del ramo de la opinión, la escritura y la cultura. Sólo soy capaz de admirar a alguien que me enseñe algo e influya en mi pensamiento. Pero si alguien se parece a un ídolo, tal y como lo entendemos, ese es Valentino Rossi. Y es que él ha marcado una época en el motociclismo, pese a quien pese.

Supongo que era normal que me fijara en el más grande del momento cuando, después de varios años en barbecho, mi afición por las motos afloró como nunca. O como siempre. 

Años atrás, cuando ambos (porque somos quintos) teníamos unos pocos años y él ya despuntaba sobre pequeñas motos, mi padre me llevó a Tordesillas, donde por aquel entonces todavía se celebraba la concentración de Pingüinos en el centro de la ciudad. Recuerdo la plaza del pueblo vallisoletano repleta de motos. Grandes y pequeñas, futuristas y vintage (entonces se llamaban antiguas). Me enamoré de aquellas maquinas, del aire de camaradería entre los motoristas y de aquellas indumentarias que bien valdrían para explorar la luna, mientras paseaba con un mosto en la mano, como los niños buenos. 

Tuve la mala suerte de coincidir también con algún niño en su pequeña moto de cross y la mala idea de ofrecerle a mi padre un trato: La paga de un año por una moto como aquella. Tal como supuse desde el mismo momento en el que en un acto oficioso nos chocamos las manos, perdí la paga y la moto. Meses más tarde me retracté y volví a recibir el emolumento dominical, pero el daño ya estaba hecho, en mi bolsillo y sobretodo en mi corazón. Aunque todavía no lo sabía, había nacido un motero. Uno que tuvo que estar muchos años sin moto, pero motero al fin y al cabo.

Terminada la universidad y con mis primeros ahorros conseguidos con las becas del último año de carrera y del comienzo del doctorado, pude por fin comprarme mi primera moto. Fueron años de espera en los que devoraba avidamente las revistas del ramo que me podía permitir y que finalmente terminaron con una hermosa Aprilia RS125, la misma con la que ya había triunfado Valentino en su primer título mundial de 1997. Como no admirarlo cabalgando con su misma montura.

Podría decir lo más obvio sobre su carisma y la impronta que ha dejado en el deporte de las dos ruedas. Podría dar cuenta de su ojo financiero al apostar por sus propias marcas (es accionista de Dainese y AGV, las cuales seguro que no estarían donde están sin su aporte mediático). Podría poner a prueba al lector hablando de las peleas de los últimos años y de las controversias. Pero Rossi es mucho más que eso. Él ha sido testigo del cambio sufrido en el deporte en primera persona. Reinó en un tiempo de carreras al limite con las motos de dos tiempos y supo adaptarse a MotoGp para seguir sumando títulos. Eso solo ya es mucho decir. Pero sobretodo es el testigo de un tiempo en el que los aficionados amábamos las carreras y con ellas a toda la parrilla. Daba igual quien ganara mientras nos dieran un buen espectáculo. Y estoy seguro que de aquella época, nadie que admire a Rossi admira menos a Biaggi o al simpático Alex Barros, a Crivi, al perseverante Kenny Roberts Jr o al malogrado Nicky Hayden. Todos ellos eran ídolos por representar el Olympo del motociclismo y sus rencillas personales no solían trascender a los medios.

Eso murió con la nueva hornada de pilotos twitteros. La épica se convirtió y farándula y con ello una época comenzó a agonizar. Con la retirada de Rossi muere definitivamente una era del deporte. Y muy bien tendrán que pilotar esta panda de chavalines para que queden en nuestro recuerdo como los Agostini, Sheene, Lawson, Rainey, Doohan o Rossi.