Entre el cinismo y el buenísimo. ¡Ahí es!
Mira que la vida es cínica. Lejos de permitir que se extienda el cinismo griego, el de Antístenes y Diógenes, como modo de vida coherente, amigable y necesario en estos días de desastre ecológico, es la otra acepción la que corre como la pólvora en nuestros tiempos. Una visión del mundo fría y distante en tiempos de selfies y autoelogios. Donde se perdona el insulto, pero no la bondad.
Vamos a ser indulgentes y a pensar que gran parte de la perdida de honestidad y del hecho de que haya calado tan profunda la superioridad del menosprecio frente a la del alago, son debidas a las redes sociales, al anonimato mal administrado y un humor mal entendido. Supongamos por un momento que no se debe, bajo ningún concepto, a la falta de educación y a la idiocia creciente derivada de la misma.
Sea por una cosa o por la otra, lo cierto es que internet está lleno de cinismo y maldad. Quien demuestra cierta empatía es atacado por una jauría de perros rabiosos que consideran normal el escarnio como modo de superar su propia mezquindad. Y lejos de ver que esto se queda en el ámbito del twit sarcástico, cada vez observo más y con gran preocupación que esa visión del mundo se va extravasando a otros ámbitos de la vida.
Permitir que el cinismo moderno salga de las cuatro paredes de internet complica poco a poco la convivencia, busca limar las diferencias a ritmo de apisonadora y engullirnos a todos en ese mundo homogéneo que muchos creen que supone igualdad. Hay que ser muy estupido para creer que una cosa tiene que ver con la otra y en la base de esa creencia es donde arraigan las xenofobias, los machismos y, en general, todo tipo de populismos. Salirse del redil se paga caro.
Otra razón para que se extienda el cinismo como comprensión de la realidad es que en la esquina contraria del cuadrilátero se dispone a plantar batalla con magras fuerzas el buenísimo, que de tontorrón y simplón, suele caer mal hasta al más pintado de los observadores. Con un rival tan blandito y bonachón, el cinismo no tiene que esforzarse mucho para ganar la pelea, arrinconandolo en su propia caricatura, una que es fácil de dibujar, manipular y sublimar hasta el ridículo.
Perder la inocencia de la que parte el buenísimo, sin embargo, nos hace más vulnerables a la manipulación de los populismos. ¿Cómo es posible que el avezado cínico pueda convertirse en carne de cañón? Una paradoja difícil de entender pero que, como la pornografía, sin ser fácil de definir es fácil de reconocer.
Al igual que ocurre con la maldad más pura, frente a la cual la falta de implicación y de acción por parte de los buenos propicia su extensión, este germen de maldad que supone el descreimiento de la sociedad cínica se alarga con la inacción de los que creemos que un mundo mejor es posible.
Hacen falta más Teds Lassos y más Kimmys Schmidts que sean capaces de bordear el cinismo sin caer en un buenísimo enfermizo. Personas cuyo optimismo faciliten la vida de su entorno en vez de soterrar todo intento de pensar libremente y en contracorriente. Que apoyen al distinto, al especial, al que puede marcar la diferencia. Gente que nos ayuden a descargar nuestras mochilas de lastre en vez de meternos piedras. Esa es la gente que merece la pena y sólo rodeándose de ella se puede mejorar el mundo y a uno mismo.
Gente que está donde se debe estar, entre el cinismo y el buenísimo. ¡Ahí donde es!