Venderse para vender

La infancia se podría definir como aquella hermosa etapa de la vida en la que carecemos de criterio cinematográfico y en la que los padres tienen que volver a ver películas de dibujos animados después de haber abandonado el habito dos o tres décadas atrás. Para paliar ese desatino del crecimiento aparecieron Pixar y un grupúsculo de éxitos que siguieron su estela.  Deberíamos consagrar un altar a esas compañías por habernos salvado de infames películas de medio pelo y haber sido capaces de hacernos sobrellevar esta etapa con títulos que no sólo entretienen a los pequeños, si no que también convencen a los padres. No me quiero imaginar como debía ser antes de su aparición en escena las sesiones familiares en el cine del barrio. 

No quiero, pero de vez en cuando sucede. Como cuando te toca en gracia un bodrio llamado Gatopia (Cats and Peachtopia, 2018), que ni siquiera es de estreno y que supongo que la habrán repuesto en los cines con el animo de engrasar la oxidada maquinaria de proyección tras el parón viral. 

No pretendo hacer una reseña de la película, ni hablar de lo pesia que es: de como han plagiado a Buscando a Nemo; de como han intentado darle ese toque sofisticado, que tan bien sabe hacer Pixar, con un trasunto de Humphrey Bogart en Casablanca totalmente fuera de lugar; de como el hilo conductor de toda la historia es una canica de vidrio de la que todavía estoy esperando la magia que hará triunfar al héroe; o de como el final, lejos de arrancarte una lagrimita, te da ganas de tapar los ojos a tu hijo, como si de una película de dos rombos se tratase, para que no lo vaya a confundir con el de algún melodrama de después de comer y desencadene una muerte familiar por indigestión.

Lo que más me escandalizó fue otra cosa. La total neutralidad de la película en cuanto a su origen se refiere. Y ahí, he de suponer que no es una cuestión de talento, si no más bien de una decisión para medrar en los cines occidentales como una más del grupo, sin translucir un exotismo que sin duda merecía ser contado y admirado y que al menos le hubiera dado una pátina de interés para los adultos. Salvo alguna construcción que deja entrever el origen oriental del filme, nada más nos permite discernir si la trama ocurre a las afueras de Nueva York, Moscú, Pekín o Madrid, y eso… es realmente triste.

La homogeneización a la que nos vemos exhortados en pro de la igualdad, lejos de borrar la xenofobia y el resto de fobias, resulta insultante para el espectador y más pronto que tarde traerá sus consecuencias. Como si un mundo idílico fuera el que es exactamente igual en todas partes y no lo contrario. Buscar la igualdad y la calidad de vida no debería en ningún momento confundirse con la homogeinización social, donde las costumbres no valen un carajo, donde nuestro pasado debe ser olvidado por el bien del futuro y donde no diferenciamos si estamos aquí o allá. 

Muy lastimosa la idea de crear una película que encajase en cualquier parte. Porque lo único que han conseguido es que no encaje en ninguna. 

Cuánto aprendimos sobre la condición humana viendo las películas de Miyazaki, y cuánto de un Japón que nos es ajeno, pero no extraño gracias a ellas. Si los éxitos de Pixar lo son, no lo son por ser reflejo de la sociedad norteamericana y global. Una casa llena de juguetes no la hace menos universal por reflejar el estilo de vida consumista. Fueron las peripecias de los mismos los que nos dieron horas de alegría.

Curiosamente no hay que ir muy lejos para comprobar que el reflejo de lo ajeno nos puede conmover y convencer sin problema. Coco o la recién estrenada Luca son buenos ejemplos de como se universaliza lo particular a través de sentimientos que, esos sí, son universales. Mientras que borrar el tiempo y el espacio, suele desembocar en un batido tan descafeinado como poco creíble de la realidad. 

Un cero en historia para su director, Gary Wang, y su estudio Light Chaser Animation que prefirieron venderse a no vender lo suficiente.