El fin de la fiesta

Esta semana me he terminado de leer El fin de la fiesta, de Rubén Amón (Editorial Debate). Un ensayo torero, como lo es Amón y como el tema que toca: La tauromaquia como un escándalo que hay que salvar. Nuevamente nos encontramos con un elemento, en este caso de lectura, que nos habla de cosas de las que no habla. Al igual que decíamos de la serie Mare of Easttown que siendo un thriller, hablaba más que nada de lo humano. Aquí nos encontramos con un ensayo sobre la sociedad actual, sobre la inconsciencia con la que se defienden ciertas ideas por lo que suponen a nivel social y no por su verdad absoluta, de lo infantilizada que está una sociedad que no quiere hablar de la muerte y mucho menos tenerla como centro de un espectáculo, de como se politiza la verdad y de como todo ello termina dando alas a la intransigencia más tremebunda hasta el punto de desear la muerte de alguien simplemente por no pensar como uno.

Ese es el Juego de Rubén, enseñar la tramoya de un animalismo hipócrita, de una casta política analfabeta o que sólo entiende lo que le da votos y de una tolerancia cero con lo distinto. En la sociedad de la igualdad y de las luchas sociales parece contradictorio que se crucifique algo de la manera que se ha hecho los últimos años con los toros, sacándolos incluso de la parrilla televisiva y con ello condenándolos casi de facto a la ilegalidad.

Vaya por delante que no me gustan los toros, aunque de pequeño quería ser torero y jugaba en mi salón a serlo con la pelerina de mi madre y una espada de plástico con la que entraba a matar al tresillo que hacía las veces de toro. Sin embargo, que no comparta el interés dista mucho de posicionarme como enemigo y mucho más con los escasos argumentos animalistas que maltratan más al taurino de lo que protegen al toro.

Es un libro que habla de la España de hoy y por tanto es una lectura adecuada para cualquiera que quiera estar al tanto. Los animalistas deberían ser los primeros en comprarlo, pero he de reconocer que muchos taurinos se verían beneficiados con su lectura, porque, a pesar de la pasión que demuestra Amón, tengo mis dudas de que todos los que se gastan sus cuartos en una corrida compartan la misma visión catártica y espiritual del espectáculo.

No comulgarán con la visión del Madrileño los que anteponen los prejuicios políticos que asocian el arte de Cúchares a la derecha más rancia, ni los que dictaminan como cruenta la muerte en la plaza sin haberse quitado del plato su chuletón. Pero es de obligada lectura para aquellos con la mente abierta y que quieran entender que no sólo es una cuestión de matar a un toro para jolgorio del respetable. Algo hay más allá de lo que se observa a simple vista en el tema y que encastra profundamente con un tipo de eucaristía (concepto que sobreexplota Amón) solamente accesible desde el conocimiento, admiración y amor por el propio toro y que nada tiene que ver con el maltrato animal como quieren hacer ver los antitaurinos.

A lo largo del libro se siente una abnegada aceptación de que estamos ante el inicio del fin de la fiesta, aceptación que intenta negar al final del ensayo con cierto optimismo, pero con pocos argumentos. Un final que si bien considero inminente, no comparto la forma en la que se ha obligado a terminar. La deriva de la sociedad por si sola era suficiente para condenar a la extinción a la tauromaquia, no hacía falta más presión. La tauromaquia morirá de inanición cuando las plazas no den sustento para mantener el espectáculo, cuando no haya forma de atraer nuevos aficionados. Con ella desaparecerán muchas otras cosas, desde el toro, a las dehesas y las marismas. Desde los empleos asociados, hasta el reclamo turístico. Pero sea como sea, dejad que muera en paz.

En la sociedad del libre mercado, que sea el mercado el que le dé la puntilla