Una de optimismo
Desde pequeños nos enseñan, para mí erróneamente, a competir. El que llega el primero es el campeón y es difícil de borrar ese estigma social de que el último, nos intenten consolar a posteriori, es el perdedor. Tras los gritos de júbilo ante una victoria en los primeros años de desarrollo es difícil creerse los intentos de equidad mostrados por padres y maestros cuando ya más creciditos nos venden la idea de que lo importante es participar.
El que gana es el que termina primero, el que gana es el que descansa al lado de la banda agasajado por felicitaciones y algún que otro achuchón revigorizante. El que gana es el que mirado desde un estricto punto de vista numérico, dura menos tiempo en la pista y su carrera es la más corta. No suele ser habitual que te recompensen por mantenerte corriendo veinte segundos en unos cien metros lisos. Más bien, es un mensaje de que te queda mucho por hacer para llegar a ganar.
Con la muerte de Kobe Bryant todos nos hemos trasladado al pasado, a aquellas noches mágicas de NBA en las que la magia parecía posible a través de los movimientos de Magic, Jordan, Bryant o Gassol. Cuántas noches en vela para ver unos minutos de espectáculo antes de que los ojos nos separasen de la realidad y Morfeo nos confundiera entre magia y deporte.
Aunque no soy yo un gran aficionado a ningún deporte, he de reconocer que entiendo perfectamente que la magia que emanan las gestas deportivas tienen de todo tipo de heroicidades y que generan una gran impronta en nosotros, sobre todo en ciertas etapas de nuestra vida. Todavía hoy se me ponen los pelos como escarpias, supongo que como a casi todo Español, con solo recordar el gallo que retransmitía aquel fantástico gol de Juan Antonio Señor que nos clasificaba para la Eurocopa 84. Un gallo que reunión la emoción de toda una nación alrededor de un simple balón. Y es que, hay proezas que son un fin en sí mismas y no cabe duda que hay vidas que merecen ser vividas simplemente para llegar a ese momento.
Hay gente que con la edad se vuelve más descreída. Por alguna razón y como buen comportamiento normal (estadísticamente hablando), yo he pasado de un extremo a otro y de rebote cada vez me es más difícil creer que no hay nada más allá de esta vida. El agnosticismo ha dado paso a una serie de creencias muy personales, alejadas de cualquier religión, pero que me hacen pensar que existe cierta transcendencia. Si esto es así, no parece tan raro pensar que estamos aquí por algo y que todos tenemos una misión que cumplir. Quizá Bryant ya la cumplió. Quizá el hacer soñar a toda una generación de aficionados al baloncesto es en si una misión tan grande que ya le tocaba llegar a su meta. Quizá Bryant ya ganó su carrera y ahora le toca descansar en la banda, agasajado y preparando una nueva competición. Quizá el paso por esta tierra es sólo un trámite de aduana. Y quizá, sólo quizá, el resto estamos esperando a cumplir nuestra misión, porque cada uno debe tener un destino y el tiempo en la cancha sólo acaba cuando hemos metido nuestra canasta o nuestro gol número doce contra Malta.
Descansa Kobe, que esto sólo era el entrenamiento. Ahora saldrás a jugar de nuevo en otro estadio, en otros sueños.