Fragmento inédito de La última Alternativa

Revisando el manuscrito de La última alternativa he encontrado unos fragmentos que decidí eliminar una vez que la historia ya tenía un cuerpo definido y donde estos no encajaban verdaderamente. Algún día espero poder explicar de dónde nace la historia de la novela. Un episodio real y tan misterioso como la propia trama de la misma, que desembocó en que pensara sobre las casualidades y sobre los recuerdos. Mientras llega el momento de explicar eso, aquí os dejo estos fragmentos, que como toda la novela, mezclan realidad y ficción, sin que yo mismo sepa muy bien dónde está la linea que las separa.

De sobre como desaparecen los juguetes:

“Este último caso es algo que me ha preocupado siempre y sobre el cual, al final he tenido que crearme una explicación para no caer en la desesperación tras cada perdida. De forma sutil siempre tenemos una serie de cosas en la cabeza. Recuerdos de antaño que permiten que todos nuestros seres queridos sigan cerca de nosotros aun cuando ya no están. Uno no olvida nunca esa excursión de fin de semana donde su padre le enseñó a pescar. El olor del coto de pesca por la mañana, mezclado con el aroma a café recién molido. Escuchas de lejos los chistes y anécdotas contadas por tu tío y su inseparable amigo que te hacen pensar en como quieres que tu juventud se parezca en algo a esas andanzas. Mientras, tu vas saltando entre baldosas rotas para llegar a la maquina de videojuegos y gritas tu irrefrenable necesidad de monedas para ganar la partida a ese monstruo de la última pantalla. Con el tiempo, los recuerdo se van adornando con datos que les dan precisión histórica, más allá de que olvides detalles. Así por ejemplo, con la edad empiezas a comprender que aquellas baldosas debían tener al menos 20 años y empiezas a ver como aquella cafetería pesquera representaba un reducto de un tiempo mejor, donde la inversión en la zona era algo normal y no como en ese momento, donde todo se había tornado decadente y gris. Desde aquel día, el olor a café; la brisa mañanera del río, con ese frío que a pesar de estar bien entrada la primavera te calaba hasta los huesos; el tacto herrumbroso de esas viejas monedas o el diseño sesentero de la cafetería, se han metido tan dentro de tu ser, que con solo recordar o sentir alguno de esos elementos, será como volver a estar junto a tu padre. Protegido por el aura que los padres tienen para evitar todo mal sobre sus vástagos y que cuando de adulto te encuentras frente a los problemas diarios de la vida, tanto hechas de menos.

Lo mismo pasa con los objetos. Hay vivencias de toda índole que permiten que localicemos fácilmente dónde dejamos el paraguas, la cartera y muy especialmente nuestros juguetes. Todos siguen allí mientras jugamos con ellos, pero de repente te encuentras en la adolescencia, donde otras aficiones se han abierto paso en nuestras actividades lúdicas y sin previo aviso los juguetes que con tanto amor habías guardado durante años, ya no están. No quitaremos mérito a las madres en su labor de hacer desaparecer juguetes, pero lo cierto es que estoy seguro de que desaparecen solos cuando la última neurona que los recordaba borra ese recuerdo. Recuerdo más recientemente, como desaparecieron irremediablemente unos preciosos guantes de piel que me regaló mi hermana en un viaje a Francia. Tanto los guarde que al final por falta de uso desaparecieron. Y a día de hoy no tengo ninguna explicación lógica sobre su desaparición más que la falta de recuerdo que desintegra todo lo que se nos olvida. Cuando esto pasa sólo hay dos salidas: o bien una casualidad externa nos trae a la memoria eso que no recordábamos, o bien se olvidará para siempre, dejando de existir o incluso dejando de haber existido, ya que si no hay nada ni nadie para recordarlo, quizá tampoco quede ninguna huella de su existencia en nuestra persona. Esto último es realmente trágico, ya que estoy seguro que cualquier juguete, cualquier cuarto de hora de juego, debió influir de alguna manera mínima en mi personalidad actual y haberlo olvidado del todo, quizá suponga que esa experiencia y ese trocito de mi, también se han esfumado, haciéndome más simple y menos interesante en el fondo”.