Leer en compañía
He de reconocer que siempre he leído solo. Bueno, acompañado de un libro, compañía necesaria para este menester y suficiente para este y para casi todo lo demás que la vida te tenga preparado.
En los tiempos del mindfullness y de la búsqueda de la paz espiritual en manos de cualquier secta no descrita como tal, desde la de los cazadores de fotografías de comida a la de los que capturan su pose más sexy ante el espejo, los lectores tenemos la suerte de haber sabido apaciguar cualquier inquietud cotidiana entre las lineas de una buena novela, los aprendizajes de algún ensayo o el desagravio proporcionado por un romántico poemario. Está en la propia naturaleza de la lectura el servir de meditación y liberar a nuestros pobres cerebros del peso de la vida diaria. Vivir a través de la lectura la vida de otros es más efectivo para vaciar por un rato nuestra cabeza que el mantra más poderoso repetido en lo alto de un ciprés con vistas al templo de Jokhang. Y aunque es un cliché muy manido, no deja de ser cierto que los lectores vivimos mil y una vida, lo cual, quizá, haga un poco más llevadera la nuestra propia.
Quizá con estas cualidades sería suficiente para encumbrar a la lectura como la más terapéutica experiencia que podemos tener en la soledad de nuestro hogar salvo, claro está, la otra posible. Pero si además convertimos este íntimo ritual en algo compartido, la cosa alcanza niveles nirvánicos.
Tras la pandemia se reanudaron actividades grupales que se nos habían negado durante más de dos años y entre ellas pude disfrutar de una actividad que siempre la tuve en mente y nunca pude concretar, los clubs de lectura.
Qué experiencia compartir tus comentarios sobre un libro con conocidos y desconocidos, todos ellos unidos por un gusto común y con la certeza de una comunicación asertiva y educada. No soy de los que cree que leer un libro te hace mejor persona, pero creo que ninguna mala persona se apunta a un club de lectura y este punto de partida, quizá yo he tenido mucha suerte, hace de la experiencia algo enriquecedor de forma natural.
Para los menos afines hay que añadir el otro beneficio de la lectura en común de un libro y que es todavía más natural que la propia lectura: la posibilidad de despellejar vivo a un autor sin que el daño llegue más allá del regocijo interior que se genera cuando varias personas coinciden en el mismo punto de vista. ¿Qué más humano y más midfullness que criticar sin piedad? Esto no quita ni un ápice de lo dicho anteriormente. Las buenas personas también pueden criticar terapéuticamente con mucha gracia y energía.
Aprovechando el parón estival del club de lectura del colegio de mi hija, donde puedo compartir la experiencia con un buen puñado de profes españoles, lo cual también tiene ese propio beneficio, he comenzado otro que solo tiene un defecto, ser virtual. Aun así, todo un hallazgo. A veces la vida te pone en el sitio correcto sin previo aviso y te permite aprender más de un tema en un ameno rato de lo que hubieras creido posible en toda una vida. Que mejor que un club de lectura sobre literatura femenina para aprender de la mujer. Y es que no os quejéis de que vienen sin manual, el tema es que el manual hay que leerlo en buena compañía, porque el manual es de y para todos y entre todos nos comenzamos a conocer.
Así que ya sabéis: no me busqueis los miércoles en la noche, estaré muy ocupado con mis lectoras favoritas.