Carta a una ciudad vacía

Eras inmensa, no por grande, si no por desconocida. Acababa de llegar a ti, o eso creía recordar. El tiempo siempre miente y los meses habían volado más rápido de lo que hubiera esperado. Llegué a ti con la ilusión con la que un niño abre sus regalos de navidad y con el miedo a perderme en esa inmensidad tuya tan abstracta, tan de ciudad importante, tan de mírame, pero no me toques. En esa inmensidad relatada con puntos cardinales, algo que nunca antes había utilizado para nada en mi vida y que ahora describían mis andanzas alrededor tuyo. Hay vidas que se pueden recordar a través de cuatro calles. ¿Qué iba a hacer yo si ahora necesitaba cuatro puntos cardinales, solamente, para comenzar a explicar por donde transcurrían nuestros días juntos?

 Tenía demasiada prisa por vivirte. Tanta… que medía los kilómetros en minutos, sin percatarme de tu atroz obstinación por alejar los puntos del mapa. El tiempo era todo lo que sentía correr y las distancias… puras anécdotas. Al fin y al cabo, tú ya estabas a mi alcance y te saboreaba como se saborea un pecado. Medía en minutos, en horas, en días tus calles. ¿Distancias? ¿Qué eran tus distancias para alguien acostumbrado a echarlas de menos antes de conocerte? Las distancias eran solamente inventos a los que yo burlaba con cada tic-tac del reloj. Me perdía en tus calles por horas, sin darme cuenta de lo amplia que eras. 

Medía el tiempo: el tiempo que tardaba en llegar; el tiempo que transcurría entre que te veía un día y el siguiente; el tiempo que pasaba en aquellos lugares donde comenzamos a ser felices, donde las horas se acortaban, donde nos daban las doce y el hechizo no hacía otra cosa que comenzar. Medía en tiempo los lugares, como si los kilómetros no fueran suficiente para expresar mi anhelo por ti. Aquel café, medía dos horas maravillosas y ese otro bar, una noche de ensueño. Medía en horas aquellos rincones de luces mortecinas donde la distancia desaparecía entre mi cuerpo y otro cuerpo mientras el pulso se aceleraba. Medía mi vida a través de tu reloj y deseaba aprovechar cada segundo a tu lado.

Estábamos tan acostumbrados a vibrar al unísono, a estar juntos, que el aire se convirtió en plomo cuando nos despedimos. Era marzo, lo recuerdo bien. Un marzo que nadie podría olvidar. El aire contaminado se volvió tan pesado e irrespirable como aquella soledad en la que nos había obligado a vivir el monstruo invisible. No te volví a visitar y, sin ti, los días se volvieron monótonos y grises como los tapabocas usados.

Comencé a transitar otras distancias más pequeñas. Por casa, caminaba como quien mide con los pies lo que antes medía de reojo, sin hacerle mucho caso. Colocaba un pie delante del otro, juntitos, intentando que así midiera un poco más el espacio al que se había reducido mi vida. Pasillo arriba, pasillo abajo. Sin distancias que recorrer, el espacio comenzó a tomar el lugar que no le quise dar y me enseñó que las distancias que más echaba de menos eran las cortas, las que damos por seguras y que de repente se habían vuelto tan inmensas como yo creía que eras tú. Ya no me importaba el tiempo que gastaba en recorrerte, si no las distancias a los demás con los que te recorría. Ahora estaba solo. Asfixiándome entre cuatro paredes que me obligaban, una y otra vez, a sentarme en la misma silla, en mi puesto, en mi soledad. Sin más horizonte al que mirar que a mí mismo. Alejado de ti, alejado de todos, en esa soledad que no sabes que existe hasta que el ruido se desvanece. Y es que, no hay suplicio más grande que la soledad no buscada, ni cárcel más pequeña que la que no deja ver sus rejas. 

Quizá tenía que pasar. No es justo, pero sólo así se aprende a valorar. Ahora recorro rincones nuevos, esta vez más cercanos. Rincones que me habían pasado desapercibidos y en ellos descubro que la verdadera distancia no era contigo, que siempre esperarías ni regreso. ¡Qué alejado estaba de mi! No quise caminar hacía atrás, era mucha la vuelta para llegar al mismo sitio del que había partido. Para atrás… ni para coger impulso. ¿Para que iba querer encontrarme con mi yo de hace un año? «Mejor avanzo. Total, ahora me sobra el tiempo».

Sin moverme demasiado comencé a caminar hacía mi encuentro. Y volví a sentir aquella inmensidad, la misma que cuando te conocí a ti, la inmensidad que sólo se puede encontrar en lo desconocido. Había corrido tanto, había llegado tan lejos, que se me había olvidado hablarme, conocerme, cuestionarme, escucharme. Te busqué con tantas ansias que me había perdido y, ahora, la inmensidad habitaba en mi. ¿Cómo iba a conocerme en aquel inmenso vacío que me había creado correr detrás de ti a toda velocidad?

La vida es otra cosa, está aquí, a un metro, a un centímetro, a un milímetro. Tan cerca que, de repente, pude oler su aliento. Un aliento lleno de mañanas con café recién molido, tardes de parque, noches de chocolate caliente con queso y almojábanas tibias. Huele a vida y también a muerte. Porque la vida es las dos caras de la moneda. Me había sentado durante año y medio a esperar que pasara y ella se había sentado a mi lado empeñada en que la escuchara: «Hoy me escuchas» —me dijo—. «No estas aquí para correr, estás para vivir. ¿Dónde ibas tan rápido?». 

En su susurro me sentí tan pequeño que dejé de medir el tiempo. Ahora he puesto el contador a cero. Me estoy acercando a mi. Me dirijo a lo único que tengo cerca. Ese vacío que me dejó tu ausencia se ha convertido en oportunidad de volver a comenzar. Lo relleno con nuevos conocimientos, nuevas amistades, nuevas formas de vivir. Una vida distinta, sin prisas y conociéndome mejor de lo que lo hacía antes. Comencé a visitarme para ver si también había en mí rincones donde perderme y terminé encontrándome. He comenzado a vibrar nuevamente. Esta vez vibro solo, sin ti. Pero tan alto que descubro el vértigo que da estar conmigo mismo.¡Qué grande me he vuelto en tu ausencia!

Ya se acerca el momento de encontrarnos de nuevo. Ahora te disfrutaré con más calma. Prometo no contar los segundos y ver, más bien, la distancia. Dar por buenas las largas y abrazar con fervor las cercanas. Han sido muchos meses de soledad, pero he salido más sabio de tu ausencia, mi inmensa ciudad.