Daltonismo azulejil
Recuerdo que en el insti hubo mucha controversia sobre la construcción y remodelación que se hizo en mi época. Una remodelación encaminada a acoger a los nuevos estudiantes. Donde antes se dictaban cuatro cursos, los de B.U.P. y C.O.U., iban a terminar dictándose seis si no estoy mal, cuatro de E.S.O. y dos de Bachillerato. Esto suponía un aumento significativo de la población estudiantil y, por tanto, requería aquella extensión de los edificios para albergar tanta hormona, que como todo el mundo sabe ocupan mucho más que la propia corporalidad de los estudiantes. Además, se requería de espacios especiales para cosas tales como educación para la ciudadanía, espacio que anteriormente se dictaba en la casa de cada uno, entre la punta de la chancla de tu madre y la zona de la nuca de uno, más conocida por los expertos como la colleja.
A pesar de la mala fama de todo sistema nuevo y del edulcorado recuerdo del que uno mismo vive, fue un sistema educativo que tampoco tuvo tanto éxito como uno recuerda en su cabeza. A la vista está el fracaso al observar a los tarados que nos gobiernan y que son ya de mi quinta (Todavía recuerdo cuando las misses eran ya de mi quinta, pero eso es otra historia). No obstante, de entonces salimos un nutrido grupo de gente (Iba a poner gente normal, pero es redundante).
La controversia entre los estudiantes se reducía a un simple tema. En un instituto donde todo era verde: mesas, sillas, armarios y azulejos de las paredes, habían tenido a bien colocar azulejos de color gris, o eso creíamos. Seguramente algún avezado futuro arquitecto había notado nuestro error, pero para efectos de este escrito aceptaremos que todo el mundo en el instituto vivimos estupefactos por la poca clase de quien hizo la elección de los horrendos azulejos. Aunque, todo hay que decirlo, no hubieran sido más bonitos de ser como los originales.
Tras meses de discusiones a pie de pasillo, una profesora nos sacó de nuestro error. Podría explayarme en explicar quien fue esa profesora, pero lo reservaré para otro día. En Resumen, los azulejos resultaron ser verdes. Mi daltonismo azulejil duró tantos años como duró mi educación en aquel centro y no hubo ni un solo día en el que no me exasperara por aquellos azulejos que, en todo caso, poco se parecían a los originales.
Aquello, que parece una simple anécdota, fue toda una experiencia iniciática. El descubrimiento de que no todos vemos el mundo del mismo color. Y que si eso ocurre con los colores, ¿qué no ocurrirá con las demás características de la vida?
Volvemos a lo de siempre. Nos venden a diario que debemos aceptar cosas para las cuales no estamos preparados. No a todo el mundo le gusta lo mismo y por tanto no va a estar igual de rica la comida que consideramos nuestra favorita. No todo el mundo entiende lo mismo por amor, amistad, trabajo, conciliar, disfrutar, limpiar, viajar, beber, incluso algo tan supuestamente objetivo como correr. No todo el mundo te entiende y eso está bien. Que no te hagan comulgar con ruedas de molino. El día en el que todo el mundo entienda lo mismo y sienta lo mismo será el día del gran hermano. Todos en bandada por las misma cosas, la misma comida o la misma foto selfi delante de La Gioconda, sin mirarla, claro, que si no no sales tú.
Estamos cerca de ello, pero veo esperanza en algunas personas que sacan con el corazón en la mano la diversidad adelante. La diversidad nos hace humanos al igual que la falta de azul en el vocabulario de los griegos antiguos nos demuestra que no todo debe ser homogéneo.
Y tú, ¿de que color ves el cielo?