Pañerías Fernandez

Por razones obvias, últimamente las sorpresas más agradables vienen siempre de la mano de gente apasionada. Obvio porque sin pasión no somos nada. Amantes de lo que hacen. Gente que no han sucumbido al devenir de los tiempos. Gente que, buscando y rebuscando entre la verdad de la vida, han encontrado como mantener vivos recuerdos, realidades que nos devuelven a hacer latir el corazón que creíamos congelado entre estanterías de ropa importada y clones chinos. Entre antiguas calles llenas de nuevas cadenas de moda “low cost”, todavía queda espacio para encontrar joyas que, a pesar de estar en peligro de extinción, nos recuerdan un pasado tan cercano como acabado, pero también necesario, a mi modo de ver, si queremos vivir de forma lógica y ética con nuestro planeta.

Andando por Salamanca encontré una de esas joyas, una tienda de las de toda la vida. Una tienda de caballero, signifique lo que hoy signifique. Entré en ella con la precaución con la que Alicia se dejo llevar agujero abajo. Sabedor que, quizá por olvido o quizá por ignorancia sin excusas, estaba entrando en un terreno desconocido.

Tres Personas me recibieron como quienes invitan a pasar a un viejo amigo, hasta la cocina. Sin esconder las migas de pan después de comer y sin apretar barriga para impresionar al recién conocido.

Allí no había trampa ni cartón, el marketing se había quedado en la puerta. Ni avisos luminosos, ni estantería de gangazos. Tres hombres atendiendo un negocio y las necesidades de una clientela fiel.

La talla, obviamente, no tuve que decirla. Un vistazo a este cuerpo serrano (por el ibérico consumido en tiempo récord) derivó en una sola prueba de la camisa que me llamaba desde el escaparate. La profesionalidad se nota en los detalles como ese.

-No sé si esta se ajusta a sus necesidades -me dijo el tendero-. Por el bolso.

Tuve que pensar dos veces de qué me estaba hablando. Asomando del bolsillo de mi camisa se divisaba mi nueva pluma Kaweco (de la que hablaré en otro momento). La nueva camisa, carente de bolsillo, no parecía suficientemente buena para mí, a ojos del vendedor.

No me importó, ya me tenían en la mano. Ya habían hecho su magia. Ya habían ganado un cliente. Lastima que de aquí a mi siguiente visita quizá no los halle.

Para rematar el viaje al pasado, al vendedor le quedaba un truco bajo la manga:

-¿Calcetines y cinturón?

Tuve que volver a pensarlo dos veces. ¿Me estaba regalando algo?

-Pero, ¿Por qué? - alcancé a preguntar con cara de estar un poco perdido.

-¡Es lo típico de la casa!

Sin querer contrariar las costumbres, me fui con mi camisa y mis calcetines nuevos. Contento, como quien compra algo que nunca podría encontrar en otro lugar. Y si bien es cierto que camisas habrá muchas y calcetines ni te cuento, es cierto que me llevé algo que no hubiera encontrado en muchos sitios. Sentir que todo marcha, que aún hay esperanza y que la vida, la de verdad…se abrirá paso cuando los neones dejen de lucir.