Semáforos en ámbar

Crecí en un pueblo pequeño, pero orgulloso de ser cabeza de partido. Es decir, para nosotros no era pequeño. Era el grande de la región. Crecí con veranos calurosos, como el que acabo de vivir en mi último viaje al terruño y que, más allá de ser ciertamente abrasador, me ha permitido recodar unas cuantas cosas de mi pasado.

Crecí en bicicleta bmx, en playas de rio, en campos de fútbol de tierra con porterías hechas con ropa y balones en blanco y negro, quizá no tan redondos como los actuales, pero, como rodaban de bien.

Crecí en un pueblo donde paseaba con mi abuelo por caminos de concentración (ahora sé porqué se llamaban así), por donde pastaban ovejas merinas pastoreadas por perros sin raza.

Crecí en un pueblo donde las calles no estaban pintadas de blanco. Recuerdo una época donde no había semáforos y a pesar de ello la calle no era peligrosa. Y todavía recuerdo mejor cuando en los recién estrenados semáforos pusieron botones para que el peatón impaciente pudiera hacer su espera más corta. Que gran duda seguimos teniendo todos de si esos botones pueden cambiar la luz del semáforo.

Crecí asomado a una ventana de un tercero que miraba a la gran avenida, a esa calle que hasta hacía poco se podía cruzar sin más y que ahora habían cerrado con vallas verdes y jardineras para enseñarte que solo las rayas blancas del suelo eran territorio apto para los viandantes. Supongo que también eso permitió enseñar a los conductores que existíamos los peatones, aunque ese aprendizaje, en mi pueblo, costó más tiempo. Pronto esa avenida se llenó de semáforos con sus botones correspondientes y pronto, en las tardes calurosas de verano, las filas de coches llenaron mi ventana.

A día de hoy, veo, en ese proceso de congestión vehicular, un reflejo del crecimiento del país, su paulatina modernización y un futuro promisorio anunciado a bombo y platillo por bailarinas escasas de ropa en las recién estrenadas televisiones privadas. Ahora que todos nos vamos de vacaciones en avión, recuerdo que hubo un tiempo en el que los coches repletos de maletas de *polipiel* eran el medio de transporte familiar por excelencia y era fácil ver, en aquellos atascos pueblerinos, coches, repletos hasta los topes, de los emigrantes que volvían a su tierra por vacaciones. En aquella época los emigrantes que pasaban por mi pueblo no eran otros que los Portugueses que residían en Francía y que anualmente realizaban aquella travesía por la España profunda de regreso a su hogar.

Justo delante de mi ventana colocaron un sensor de velocidad, dos cuadros excavados en el asfalto anunciaban la posterior pantalla multicolor que se iluminaba cuando algún incauto superaba el limite de cincuenta kilómetros por hora. Si la utilidad de los botones de los semáforos ha hecho correr ríos de comentarios a pie de calle, no menos debió de ocurrir con la utilidad de aquellas pantallas de atención, en unos años en los que un recordatorio como aquel sin multa asociada debía parecer una broma.

En mi casa, predecir qué coche iba a hacer saltar el sensor se convirtió en deporte olímpico y no fueron pocas las horas que pase allí asomado tomando el aire e intentando adivinar.

Décadas después de tan futuristas infraestructuras vuelvo a mi pueblo para comprobar que tras las crisis, aquel futuro promisorio se ha desvanecido entre anuncios de “se vende”, establecimientos cerrados y una decadencia que apabulla. Las autovías de nuevo cuño, que circunvalan el pueblo, han devuelto a mis queridas tres carreteras (como todo el mundo conoce a la avenida) a un fluir suave, lento y similar a aquel que existiera antes de la llegada de los semáforos con botón. El sensor de velocidad hace años que se quitó y las caravanas de portugueses ya no atraviesan el pueblo en busca de su tierra.

En mi pueblo ya no hay semáforos, hay farolas con un ámbar intermitente pero inacabable que recuerdan que hubo otro tiempo donde la regulación del tráfico fue necesaria, pero que seguramente también terminaran desapareciendo según se vayan estropeando. Después de treinta años, unos simples pasos de cebra sobran para que la convivencia entre coches y peatones sea tan pacífica como escasa. Y los veranos, aunque igual de calurosos, parecen más lentos, tan lentos como esa recuperación económica que parece no querer llegar.