Hablando de Masters, Misters y Monsters

Winston Sahr, uno de los protagonistas de mi novela La última Alternativa (la nombro para darme importancia, no porque se pueda confundir con ninguna otra), es un profesor universitario. De esos que no lo pueden ocultar. Con su chaqueta con coderas, sus gafitas redondas y su maletín de cuero curtido en mil y una batallas. Todo en él rebosa sabiduría y erudición. Es profesor de Oxford y una eminencia en su campo. Es lo que uno espera encontrar al otro lado del pupitre cuando se es un estudiante avezado. No es casualidad que lo eligiera como uno de los “protas” de mi novela. Durante los últimos semestres mis estudiantes han tenido que escucharle como les explico lo formidable que es la universidad como centro de conocimiento. Lo afortunados que son por poder ser parte de ella. Hasta les he contado lo que en su tiempo llegaban a hacer algunos sirvientes para poder asistir a las clases de un tal Fray Luis de León en la vieja Universidad de Salamanca y el derecho a pataleo. Un privilegio, eso era y eso debería ser. Un privilegio por su importancia, no por ser para unos pocos. Ese concepto romántico fue lo que me llevó a hacer mi doctorado. Quería saber, quería atesorar conocimientos y quería ser capaz de ofrecerlo a las nuevas generaciones. Quizá sea demasiado romántico.

Las últimas noticias sobre masteres adulterados en la política española me duelen en lo más profundo de ese sentimiento universitario. Pero no por ello dejo de ser consciente de que no son una excepción. De hecho, parecen ser la regla general.

Los que hemos pasado por una universidad, rodeados de variopintos estudiantes, casi seguro que hemos coincidido con alguno de esos listos, que de tan listos, no tenían tiempo para estudiar. Su ocupación en alguna asociación, o porque no decirlo, en las juventudes de tal y cual partido político les generaba demasiado trabajo para asistir a clase. De ahí, y sin que uno pudiera entender como, los veías en la lista para las elecciones municipales. Está claro que como concejal número ocho de Villalcarnero de arriba a nadie le van a pedir que seas licenciado en nada. Sin embargo, la cosa se torna rara cuando en un ayuntamiento de capital de provincia ocurre eso. Ahí si van a empezar a aparecer todo tipo de prisas, para que el niño, el cachorro del partido, termine su carrera, con todo lo que ha ayudado en la sede.

De repente las citas con el profe de turno, los apuntes mecanografiados (que viejo suena esto, pero en mi época era así), los exámenes concertados, los temarios reducidos y por último, los aprobados (raspados, eso sí) sin evaluación previa, crecían como champiñones en época de lluvias. 

Si esto era así con las carreras, que no habrá pasado con los posgrados.  

No se si me preocupa más el hecho de que esos políticos no sepan realmente nada de sus carreras o que para llegar a ser político no sea realmente importante saber de nada.