Aprendices de mago

En el siglo XIX el movimiento Ludita lucho contra el establecimiento de las nuevas tecnologías productivas derivadas de la revolución industrial. Los Luditas, sabedores de la pérdida de puestos de trabajo asociada a la aparición de endemoniados artilugios mecánicos capaces de desarrollar más rápida y efectivamente ciertas labores industriales, pusieron todo su empeño para evitar tal trance, hacia lo que otros muchos suponían que era el desarrollo natural y adecuado de la industria. Tal como Tim Burton nos demostró en su versión de Charlie y la fabrica de chocolate, la perdida de un puesto de trabajo enroscando tapones de dentífrico es fácilmente sustituible por la ganancia de un puesto de trabajo como reparador de la maquina que enrosca tapones de dentífrico. Visto de este modo, no parece que las expectativas reivindicativas de los Luditas estuvieran suficientemente justificadas. Sin embargo, tampoco hay que creer que todo avance tecnológico está exento de perjuicios. Con el desarrollo de las redes sociales y otras fuentes de internet tenemos a nuestra disposición mucha información, quizá más de la necesaria. Gente de todo tipo da su opinión (incluso yo) y podemos acceder a todo tipo de aprendizajes. La era de internet bien podría considerarse el paraíso para el aprendizaje autodidacta. Parece, de repente, que el no saber algo no es impedimento para considerarse un experto tras la visualización de un par de tutoriales, que por otro lado y muy posiblemente, estén realizados por alguien que un mes atrás tuvo la misma necesidad de aprender lo mismo. Esta nueva perspectiva del aprendizaje, fácil, por no decir mediocre, se ha extendido fuera de los limites de internet y pareciera que de repente todo el mundo es capaz de ser experto por arte de birlibirloque, sin sufrimiento, trabajo, ni asesoría por parte de alguien con dos dedos de frente. La era del facilismo ha llegado y nunca en la historia se ha confundido tanto la suerte con la habilidad y el conocimiento.

La gran sofisticación de los aprendices de maestros del arte de la improvisación puede llegar a ser enervante, si en la ecuación incluimos a uno de esos padres que ven con buenos ojos hasta cuando sus hijos rompen, en un alarde futbolístico (el niño es el futuro Messi), la papelera del parque. Que monos son a esa edad, deben pensar los desaprensivos padres, que de tanto amor no pueden ni siquiera educar. De este modo, terminamos escuchando las mil y una maravillas de su pequeño (y no tan pequeño) que ya, y gracia a ese programa tan bueno del que no se pierde un episodio:  toca la guitarra como Slash, aunque no practica desde que el segundo día se la partió una cuerda y no ha sabido como cambiarla; cocina como Ferrán Adrià, aunque  le cuesta distinguir entre el huevo y la castaña famosos (que por otro lado, si se parecen un poco) y que es el sucesor de Rambo, aunque todavía y a pesar de su edad y del pelo que ya le nace en según que sitios, no sabe atarse los zapatos.

Yo soy el primero al que le gusta aprender de todo. Sin embargo, no por ello me considero maestro en ningún arte en el que no haya indagado, practicado y sobrevivido a el proceso, por lo menos para no quedar en ridículo cuando se hable del tema, que menos que saberse la teoría. Es por eso que os libraréis de escuchar mis discordantes notas de saxofón y por ello mismo, pocos son los que, a día de hoy, han podido disfrutar de mis primeros pinitos en el arte de la cartomagia. Aunque al parecer y para desconcierto de mis torpes dedos, hasta el más bobo es capaz de sacar una moneda de la oreja, dejando boquiabierto hasta a Juan tamariz.

El otro día fui a mi tienda favorita de magia a pertrecharme de un par de barajas nuevas y un libro conocido en el mundillo por ser básico para empezar el proceso de aprendizaje. Le pregunté a mi amigo mago como internet había influido en el campo de la magia. La respuesta no me sorprendió: Poco, más allá de poder comprar en internet. Los que quieren aprender un truco lo pueden ver  en internet, pero los que quieren aprender magia vienen aquí y se compran un libro. Nadie se hace mago por ver el truco en YouTube, se hace estudiando, como en cualquier otro arte y como toda la vida.

Salí de allí contento, con mi libro bajo el brazo y mis barajas en el bolsillo, sabedor que estaba un pasito más cerca, aunque muy pequeño, de llegar a ser un mago.